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Los recientes acontecimientos con la Asamblea Nacional agravan la situación de ilegitimidad generalizada de las instituciones y autoridades del Estado venezolano. Ahora tenemos dos directivas paralelas de la AN más la cuestionada Asamblea Constituyente creada desde el poder constituido gubernamental, cuyas funciones se solapan entre sí.

Los grupos políticos de la burguesía tradicional se han fracturado y en vista de que no han podido derribar al gobierno, una parte de ellos ha optado por cohabitar con él. Lo que se da en la superestructura política parece ser el correlato de movimientos económicos. Los nuevos directivos de esta versión de la AN, considerada como «oficial», han sido señalados por presuntos manejos en favor de sectores de la burguesía importadora, conectada con el gobierno, y se habla de «compra de conciencias» para cuadrar la nueva configuración parlamentaria.

Por una parte, se ha instalado una directiva opositora más moderada o conciliadora, aunque también de derecha, pero concertada con el gobierno y, por la otra está el sector que reeligió a Guaidó, que necesita mantenerlo al frente del parlamento para mantener su figura de «presidente encargado» (autoproclamado), con el auspicio y sostenimiento del gobierno de Donald Trump.

Aunque el conflicto de las dos asambleas aún no pueda darse por cerrado, no tiene sentido enredarse en la discusión de procedimientos para validar a una u otra AN.

Recordemos que la AN en su totalidad había sido declarada «en desacato» por el TSJ del gobierno, aprovechando una situación de fraude con cuatro diputados regionales. Detrás de eso vino la maniobra de crear una Constituyente «chimba» que está casi en invernación, y recientemente, gracias a las negociaciones políticas de trastienda, ha reincorporado a la bancada oficialista, después de más de un año de abandono y ausencia. El propio gobierno revive el muerto para tener a un zombie a su disposición, o para la negociadera a conveniencia.

La Asamblea Nacional es un mercado

La AN es un espejo de las ambiciones de poder, de la trama de grandes negocios entre los grupos económicos nacionales y extranjeros, de la compraventa de votos y curules. Es un mercado de favores. El capitalismo, sobre todo en sus momentos más decadentes, todo lo mercantiliza y lo pervierte. El espectáculo es de lo más bochornoso y, por supuesto, en esas condiciones pierde toda representatividad respecto al pueblo, víctima de las tramoyas con las que los gestores políticos se le imponen.

El paralelismo institucional refleja esta disputa y es funcional tanto para el gobierno como para los sectores de oposición, porque les permite justificar sus desmanes y triquiñuelas en desmedro de los derechos del pueblo y en burla permanente de las y los electores. Pues, mientras tanto, el gobierno sigue profundizando el paquete anti obrero con la anuencia de esta oposición circense y confeccionada a la medida.

Allí donde no se sabe quién detenta la representación institucional, es el gobierno burocrático quien termina imponiendo su capricho y por otra parte, eso le sirve a los sectores conspiradores de la derecha y a los pro intervencionistas para poder justificar cualquier injerencia externa o acto de rapiña contra el país.

La trampa es norma

La trampa ya es la norma supraconstitucional en Venezuela, como expresión de la crisis política y total que nos aqueja y como recurso del autoritarismo burocrático, así como de los instrumentos políticos golpistas e intervencionistas que utiliza el grueso de la burguesía nacional y el imperialismo.

Todos simulan respetar y aplicar la Constitución y las leyes, pero todos pisotean de una u otra manera el orden constitucional y los principios democráticos. Sólo sirven de excusas. Estamos en medio de una guerra de rufianes que apelan a toda clase de maniobras y abusos para sus propios fines e intereses a costa de la clase trabajadora y de los sectores populares que llevan hasta ahora las de perder.

Atrapados entre la burocracia y el capital, con un patrón mafioso de acumulación

Una casta burocrática corrupta enrolada en el PSUV y una nueva burguesía surgida del Estado y de los altos niveles de la FANB se vienen posesionando de la riqueza y el poder en competencia con la burguesía nacional tradicional.

La mayoría de los partidos son expresiones políticas que responden de uno u otro modo a estos sectores. A la vez, la burocracia «roja» tiene forcejeos con el imperialismo norteamericano y se recuesta de los imperialismos emergentes chino y ruso, mientras que la vieja oligarquía sigue alineada preferentemente con los gringos, en los negocios y en la geopolítica mundial. Ambas se pelean por la plusvalía de la clase trabajadora, por la renta y usufructo de los recursos nacionales, por las propiedades y por el control del aparato del Estado.

La burocracia y la neo burguesía a ella asociada, vienen ganando terreno sobre la base de la destrucción de las conquistas logradas por el pueblo en el período de la revolución bolivariana, sepultada ya por esta combinación reaccionaria.

El gobierno de Maduro ha tenido para la clase trabajadora un efecto comparable e incluso superior al de los más demoledores gobiernos neoliberales con sus paquetes de ajuste fondomonetarista, pero de manera sui-géneris, con estilos y métodos propios.

La burguesía tradicional quiere retomar el poder, administrar su «hacienda» directamente, y para eso, desde el punto de vista de clase, ya tiene el camino allanado, pues este gobierno le ha venido aplicando a nuestro pueblo lo que a ella le costó un Caracazo y la caída de la IV República.

La V República está «cuarteada» y la revolución bolivariana fue liquidada

Pero ahora la V República está «cuarteada»; en el sentido de que está descompuesta y reproduce, de la peor manera, los vicios de la Cuarta República contra la que este pueblo una vez insurgió. Esto, por supuesto, plantea la necesidad de una nueva revolución que no degenere como la que, después de la muerte de Chávez, ha llegado a su lamentable final a manos de su propia dirección.

Históricamente, todos son corresponsables de un desfalco económico y político continuado a la nación, y el pueblo venezolano, tarde o temprano deberá deshacerse de estas direcciones que han convertido la vida democrática del país en un campo de operaciones para sus transacciones de mercado.

Ahora tratarán de convocar a nuevas elecciones y de «normalizar» políticamente el país para consolidar la destrucción de la revolución bolivariana y el nuevo modelo de explotación de la clase trabajadora que ha sido instaurado.

Necesitamos una Constituyente del pueblo y no del Poder Constituído

Pero, dadas todas estas condiciones, ya nadie aquí merece el reconocimiento del pueblo, porque todos proceden de algún modo de la ventaja, la imposición y la trampa, por lo que habría que apelar a barajar de nuevo toda la estructura institucional del país y para ello, está la opción de promover una nueva y verdadera Asamblea Nacional Constituyente, que deje sin efecto a todos los mamotretos políticos que han sido montados y lo rediseñe todo, replanteándose, otra vez, el modo de ejercicio de la democracia y el proyecto de país.

Ya no es salida que se convoque a nuevas elecciones de la AN y a elecciones presidenciales para ponernos a elegir entre «Guate-mala» y «Guate-peor», como versa el dicho popular. El gravísimo problema que tenemos es que la clase trabajadora y las fuerzas populares se encuentran en situación de extrema debilidad orgánica, confusión de conciencia y merma en su capacidad combativa de movilización -¡por ahora!- con la pérdida de toda autonomía de sus organizaciones, pues han sido corrompidas, cooptadas o sometidas por las burocracias, por los partidos burocráticos y burgueses, y por el aparato del Estado burocrático-militar.

Recomponer al movimiento obrero y popular 

Siendo así, para lograr un cambio favorable para el pueblo en la situación del país, tenemos que pasar por el reanimamiento de nuestras luchas. Es necesaria la recomposición o refundación de nuestras organizaciones obreras, campesinas, comunales y populares.

Debemos abocarnos al rescate de la conciencia política y el sentido de la independencia de clase. Hay que trabajar en la construcción de nuevas referencias políticas alternativas, frente a las putrefactas expresiones políticas de la burocracia y del capital.

Reagrupar a los críticos y luchadores

Tenemos que lograr reagrupar a quienes han entendido que el PSUV es un mutante irrecuperable, convertido en uno de los peores instrumentos de opresión y dominación de clase. Y a quienes están claros de la naturaleza de todas las derechas opositoras entreguistas y explotadoras de siempre.

Todos ellos responden hoy a mafias o a roscas de desfalcadores de la nación, a viejos o nuevos grupos económicos, a intereses transnacionales, sean los gringos o los imperios emergentes que hoy le disputan su hegemonía, pero que también someten a sus pueblos.

Identidad política de clase

Ante todos estos rostros de la burocracia y el capital necesitamos levantar la identidad política de la clase trabajadora, de todos los sectores oprimidos y discriminados, de las mujeres y los jóvenes, de los pueblos indígenas, de quienes quieren realmente preservar el planeta y no fundirlo con la ambición de oro y ganancias, de quienes estamos cansados y cansadas de tanto engaño y manipulación, de quienes queremos establecer las condiciones de una vida digna, de quienes aspiramos de verdad a ejercer nuestros derechos de participación democrática y conducción de nuestro destino en lugar de ser objeto de un sistema de arbitrariedad impuesto por maleantes.

Los pueblos dan sorpresas

Puede que sea un camino largo, no lo sabemos, porque los pueblos a veces dan saltos nacidos de la rabia y el hastío e imprimen nuevas velocidades a los acontecimientos políticos y ritmos de transformación de las sociedades. Pero estamos seguras y seguros de que es el único camino para que seamos dueños de nosotros mismos y no el ganado de una granja, ni objeto de reiterativos engaños.

Acumular fuerzas y no dejar de luchar

Debemos apuntar a la acumulación orgánica de fuerzas en movilización, partiendo de la defensa de nuestras reivindicaciones más elementales y de los derechos que nos están arrebatando, no resignándonos a dejar el país y su conducción en manos de quienes aniquilan o convierten en mofa todos los mecanismos democráticos, sabiendo resistir ante las diversas formas de represión que se han instaurado, discutiendo ampliamente y comprendiendo con el pueblo la situación nacional y las causas del desastre que nos flagela, hasta lograr la reorganización y la capacidad de respuesta contundente y requerida, para ser actores políticos determinantes y decisivos de nuestra historia. Así lo hemos hecho en momentos claves de la nación venezolana, pero no hemos podido forjar el verdadero poder de los trabajadores y el pueblo. Es esta la gran tarea que tenemos por delante y que asumimos con convicción y esperanza.


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